martes, 13 de julio de 2010

Los cambios son el presente

Un ejemplo sencillo: la caza.

Es indiscutible que las actividades agresivas son duraderas a corto y medio plazo, pero a la larga acaban despareciendo en forma de humo.

Un modelo de desarrollo basado en productos o servicios limitados, entendiendo que llegado cierto número desaparecen absolutamente, es inviable de por vida.

Suena de cajón, y lo es, pero mucho ojo porque no siempre lo vemos así.

La condición humana, en su infinita complejidad, muchas veces nos juega malas pasadas en los momentos de mayor emotividad, que son precisamente en los que más necesario se hace aplicar la racionalidad.

El éxito es peligroso en el momento en que nos dejamos cegar con la falsa creencia de que la situación será duradera.

Hoy me conformo. Mañana ya veremos

El problema ya no es el clásico aviso de prevención de que el mañana llega irremediablemente y sin avisar. Con el actual ritmo, frenético, brutal y despiadado de nuestras sociedades la exposición al riesgo es exponencialmente superior. Ahora se trata de ¿Y si el mañana es hoy?

Queremos creer que sabremos detectar a tiempo los cambios, atisbarlos en el horizonte o, en el peor de los casos, darnos cuenta de que los tenemos encima. Aún con lo negativo que esto supone no es tan terrible como el hecho de vivir en la ignorancia sin ser conscientes de que ese cambio es la misma realidad que respiramos día a día.

A modo platónico la duda que suscita es, ¿Qué puede haber peor que no darnos cuenta de la realidad actual que nos rodea?

Ya no es tener una venda ante los ojos. Es mucho más terrible. Se trata de ver con claridad y no saber entender los acontecimientos.

Que esto suceda viene a ser lo mismo que le ocurre a un drogadicto después de darse un chute, con la salvedad de que el drogadicto es plenamente consciente que esa realidad es producto de la droga y, además, la fuerza a través de sustancias.

Como se encargó de dejarnos escrito William Ernest Henley y ha proliferado la película que lleva el mismo nombre que su poema, Invictus, “Soy dueño de mi destino y capitán de mi alma”.

Pero sin un ejercicio de evaluación constante y de anticipación, por mucho que capitaneemos nuestra alma estaremos abocados al fracaso.

Porque navegar en un gran navío con lo último en tecnología por un cauce seco es lo mismo que lanzarnos con un flotador desde una catarata.


2 comentarios:

  1. Realmente bueno Pep.
    Colgado en mi facebook
    Un Abrazo
    Paco Ruiz

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  2. Muchas gracias, amigo Paco.
    Tratemos, entre todos, de seguir alerta a los cambios.
    Un fuerte abrazo.

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